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Miguel Ángel Acosta: “No me cargo la responsabilidad de tener que llegar para salvar a mi familia”

Conocé a Miguel Ángel Acosta, el arquero de la Sexta que ya jugó en la Reserva. Su infancia dura, los problemas económicos, el desarraigo y el sueño de llegar a Primera. “Vendría bien para ayudar a mis papás a salir adelante, pero nunca pienso al fútbol como una salvación”, dice el misionero.

Su carrera ya tiene unos cuantos bemoles. Si bien el documento dirá que ni siquiera cumplió los 17, las vueltas de la vida -y del fútbol- lo llevaron a “pensar como si fuera más grande”. Miguel Ángel Acosta nació en Misiones, esa provincia en la que desembarcó su bisabuelo materno cuando se escapó de la Segunda Guerra Mundial. “Por él, que era alemán, me volví fanático de los libros que cuentan cómo era esa época”, revela. Las mismas tierras de las que brotó su amor por la redonda: “Ahí empezó mi sueño. Hace unos años mi papá organizaba torneos de fútbol con sus amigos y, como iba, llevaba mi pelota para jugar con él. Siempre me recalca que le pateaba dos o tres veces y después le decía que iba yo al arco”.

Aunque no todo se resume en aquellas tardes de potrero o los picados en una plaza del barrio, donde se movía como zaguero. De a poco empezó a construir su historia: jugó en Guaraní Antonio Franco y, en 2015, pasó a Crucero del Norte. “Estuve ahí hasta la pretemporada del año siguiente, con edad de Octava. El tema fue que, de un día para el otro, nos dijeron que el club iba a dejar de competir por AFA e iba a volver a la liga posadeña. A mí no me gustó, porque era retroceder 20 pasos. Justo -cuenta- un amigo de mi papá nos dijo que había pruebas en Argentinos y ni lo dudé”.

Así, con apenas 14, arribó a La Paternal abrazado a la ilusión de ser futbolista. Aunque la tuvo brava: “En ese momento estaban buscando un arquero para la Séptima, y yo soy 2001. En mi categoría ya había seis… Entonces, cuando llegué, Enrique (Borrelli) me dijo que si me veían bien no tenía miedo en fichar a uno más de mi edad. Probé y se ve que le gusté, porque ese año subí a la 2000 y me dejaron ahí”. Y, con esfuerzo, despertó interés en la mirada de muchos. Incluso, el hoy dueño del arco de la Sexta tuvo su estreno en la Reserva en 2017, ante Banfield. “Me sentí bien porque mis compañeros y los profes me hicieron sentir así. Ellos, junto con Sanzotti, me hicieron las cosas más simples. Sus felicitaciones me dieron seguridad”, dice. De hecho, alzó el título de la Séptima División en Santa Fe, cuando coronó contra Instituto un año de sacrificio.

Pero la pelea por un lugar no fue el único obstáculo que debió sortear. Como buen arquero, tuvo unas cuantas disputas mano a mano con el destino. “A los dos meses que quedé en el club me agarró dengue, y ahí se fue una parte de la poca plata que teníamos ahorrada. No es fácil acomodarse acá, y menos cuando uno no tiene empleo ni de dónde sacar dinero. Me dolía ver que mis compañeros se volvían a sus provincias, porque le preguntaba al coordinador si podía irme, me autorizaba, y cuando llamaba a mi mamá me decía que no tenía plata para el pasaje”.

Cuando vinieron para acá, ¿pudieron acomodarse rápido?
No, nos costó mucho. El primer año por suerte pude quedarme en la pensión, pero estaba solo. Mi papá, que me acompañó a probarme, dormía en la casa de un amigo de él mientras hacía algunos laburos por recomendación… No conseguía otra cosa. A mitad de año alquilaron mi casa en Posadas y recién ahí pudo venir mi mamá. Lo que pasa es que en Misiones, dentro de todo, vivíamos bien. Éramos pobres, pero vivíamos bien: nunca faltó nada en la mesa, si me pedían algo para el colegio lo tenía… Jamás me pude dar un lujo, pero lo primordial lo tenía.

¿Cómo afrontaste el desarraigo?
Fue muy difícil acostumbrarme a una ciudad tan grande como ésta cuando allá ni salía: sólo iba con los chicos del barrio a jugar. Y, de un momento al otro, tener que soltar todo eso… Al cuarto mes empecé a sentir la falta de mis amigos, a los que veía todos los días desde los cinco años. Son cosas que te cambian. Lo que más le cuesta al jugador de pensión o al que vive lejos de su casa es afrontar los sábados o los domingos, cuando no tiene nada para hacer. A veces, cuando extraño, me pongo a pensar qué hago acá… Después recuerdo el amor que tengo por el fútbol, lo que quiero ser el día de mañana, y que estoy en el Semillero del Mundo. Eso le da sentido a mis días.

¿Qué hacías para despejarte?
Trataba de jugar a la Play o escuchar música… Hacer cosas productivas. Si te quedás ahí, dejás que tu cabeza trabaje y es peor. En Posadas, los sábados a la mañana jugaba con mis amigos, a la tarde iba a la cancha con mi papá, el domingo estaba todo el día en la casa de mi abuela comiendo un asado con mis primos… No tener eso de un día para el otro te cambia un montón. Igual, siempre trato de mantenerme en contacto con mis amigos. Eso siempre me cambia el humor.

¿Tuviste la posibilidad de volver desde que llegaste Buenos Aires?
Creo que la parte que más me pegó fue no irme seguido cuando dejé mi casa. Vine a probarme a principios de marzo y volví recién en octubre, para el Día de la Madre. Ahora cada vez que puedo me pego una escapada, porque es necesario para recargar pilas… En mi primer año en la 2000 hubo un momento en el que no aguanté más y me puse a llorar. Me acuerdo que me fue mal en un entrenamiento, extrañaba mi casa, a mi mamá… Estaba lejos y se venía su cumpleaños. Ahí se acercó Diego Musiano, que era mi profesor, y me dijo que estas cosas eran piedras que me ponía la vida. Que yo puedo decidir no pasarlas, agarrar mi bolso y capaz llegue a la Primera de Crucero del Norte, pero me voy a quedar con la incógnita de saber si pude haber dado más acá o no. Siempre que me pongo mal, me acuerdo de eso.

¿Ves al fútbol como una salvación para tu familia?
No, siempre lo veo con el sueño de jugar. Por ahí vendría bien para ayudar a mis papás a salir adelante y acomodarnos mejor, pero nunca pienso al fútbol como una salvación. No me cargo sobre los hombros la responsabilidad de tener que llegar y ganar plata para salvar a mi familia. Sería un sueño cumplido ver que no les falte nada a mis papás y a mis padrinos, que me ayudaron desde chico cuando la pasé mal con mi familia: no tenía nada y ellos nos daban todo. Uno nunca se olvida de eso. Poder devolvérselos sería un sueño, igual que llegar a Primera. Aparte, sería muy lindo permanecer en la historia del club y ser reconocido por los hinchas

¿Qué significa Argentinos para vos?
Hay veces que uno no cae. A veces, cuando hablo con una persona más grande, me doy cuenta de que no estoy en cualquier lugar… Estoy en el Semillero del Mundo. Siempre que voy a entrenar miro el paredón con todos los nombres de los jugadores que sacó el club, que abajo dice “Proyecto de identidad: saber quiénes somos”. Eso lo tengo en la cabeza y, cuando me doy cuenta de que estoy acá, me siento orgulloso. Ahí entiendo que vale la pena todo el sacrificio.