Matko Miljevic: "Si erro un gol pienso en eso toda la semana" - AAAJ

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Matko Miljevic: "Si erro un gol pienso en eso toda la semana"

Matko Miljevic, el más chico de la Reserva, habla de su autoexigencia. También revela la promesa que hizo por su abuelo antes de llegar a compartir con Pisculichi, Machín y Barrios en Primera, su experiencia en la Selección de Estados Unidos y cómo el Taekwondo lo ayudó a moldear el carácter. "En un partido uno me agarró del pelo y después le tiré un caño", cuenta el enlace, de 16.

Un hombre disfruta viendo cómo poco a poco el cielo se ilumina un sábado a la mañana. Está solo, sentado en algún tablón de la tribuna. Entre sus manos tiene un diario. Lo mira fijo, ilusionado con que, en un futuro, el protagonista de la portada sea otro. Se persigna y mira al cielo, esperando que su sueño se cumpla. Pocos saben su apellido. Tal vez su aspecto delate su edad, pero nadie conoce su historia.

Su leyenda empezó en Croacia, hace 92 años. Y, por cada vuelta al sol, guarda varias anécdotas. Una de ellas, por ejemplo, es que estuvo en la Segunda Guerra Mundial. Pero su mente está en otro lado. Ya no piensa en el día que se escapó en barco y arribó a la Argentina. Tampoco en el momento en el que conoció a una correntina que, al tiempo, se volvió su esposa. Su concentración, hoy, está puesta en el partido. Porque, en pocas horas, un grupo de chicos desfilarán con la pelota en el campo de juego. Y entre ellos se destacará uno. "El de pelo largo", como describe. Y su pecho estallará de orgullo. 

Ese chico es su nieto, Matko Miljevic. Y, aunque las tribunas del CEFFA ya no lo tengan como espectador, desde el cielo es un testigo de lujo. Y está. Se emociona cuando la melena del purrete se despeina en cada jugada. "Me dejé el pelo largo por una promesa a mi abuelo, que me dijo que no me lo cortara nunca. Es más, si llego a Primera voy a hacer lo posible para que no me lo corten", revela el juvenil, de 16 años.

Matko, el enganche más joven de la Reserva, nació en Estados Unidos. Incluso, representó a la Selección de su país ("algo único", asegura). "El 2001 era una época complicada. Mis papás, por ejemplo, tenían la idea de que mi hermana y yo estudiáramos allá. Por eso -recuerda- a los tres meses de embarazo se fueron para Estados Unidos y me tuvieron ahí. Después nos volvimos por temas de su trabajo". De hecho, su nombre no es casualidad. "Matko significa 'el más deseado'. Cuando nació Iara nos habían dicho que iba a ser un varón y tres días antes nos enteramos de que era nena. Entonces, con todo el sacrificio que costó irse allá y la nueva experiencia, nos arriesgamos por ese nombre", revela su mamá.

Al sueño que alguna vez tuvo su abuelo lo hace realidad con sus pies. Miljevic llegó al club hace siete años, tras un ligero paso por Boca. "Después de un partido, el Bocha Batista le habló a mi DT y le dijo que al de pelito largo lo quería urgente en Argentinos", cuenta. Y las grandes actuaciones que sembró cuando se calzó la del Bicho lo llevaron a debutar en la Reserva el pasado noviembre: "Fue contra San Lorenzo. Nunca me voy a olvidar ese trayecto desde el lugar en el que estaba calentando hasta el banco. Aparte creí que no me iba a tocar, porque ya había entrado alguien en mi puesto. Pero Raúl (Sanzotti) hizo un cambio ofensivo y me metió. Ni escuché lo que me dijo... Sólo quería jugar".

¿Siempre jugaste en esa posición?
No. En realidad, arranqué de 5. Un día, con ocho años, mi tío me preguntó de qué quería jugar y le respondí que de enganche. Me dijo: "El próximo partido agarrá la pelota, tocá con el enganche y meté vos la asistencia". Así fue: hice un gol y dos asistencias. En la semana, el DT me hizo la misma pregunta y quedé como enganche.

O sea que no siempre mirabas a los de arriba...
Ahora sigo mucho a Alexis Mac Allister, porque es un jugador muy inteligente. Es chico, sí, pero tiene una potencia bárbara. Y, aunque mi ídolo sea Ronaldinho, en el Baby me decían Masche. ¿Por qué? Me encantaba tirarme al piso, aún siendo delantero. Ojo, ahora también lo hago, porque en el fútbol hay que meter.

No sólo sos enganche: también jugás de delantero. ¿Qué significa la llegada al club de un tipo como Lucas Barrios?
Siempre un chico sueña con estar al lado de jugadores grandes como Piscu, Machín o Barrios. Es tremendo. Ojalá Lucas nos de muchas alegrías... Si lo tuviera al lado no sé qué le preguntaría. Sólo me gustaría saber cómo hizo para mantenerse en ese nivel siempre.

¿Pudiste hablar con alguno de los más grandes?
Todavía nada. Antes conversaba con el Lobo (Ledesma), porque su hijo juega en mi categoría. Una semana antes de ir a la Selección me lo encontré en el Bajo. Me dijo que estuviera tranquilo porque se venían cosas lindas. 

El rol del delantero requiere de una gran responsabilidad. Tener la cabeza fuerte. ¿Lo trabajás?
Cuando tengo la pelota me olvido de todo: pienso en jugar y en poder hacer jugar al equipo, que es mi obligación. Eso sí: si erro alguna, sé que si estuviera en una cancha de Primera me insultarían todos. 

¿Sos muy autoexigente?
Si erro un gol pienso en eso toda la semana. Cuando llego a mi casa recuerdo todo lo que hice: lo bueno y lo malo. A esto último trato de revertirlo en el partido siguiente.

Hay otra disciplina en la que te destacás: el taekwondo. Sos bicampeón internacional, incluso. ¿Te sirvió algo de lo que aprendiste para aplicarlo en el fútbol?
Todo. Por ejemplo, el tema de la elongación. Y lo noté en un viaje a Bahía Blanca: muchos chicos terminaron desgarrados o acalambrados y yo estaba entero. Imaginate que lo practiqué desde los nueve hasta el año pasado...

¿Y por qué dejaste?
En la última pelea tuve un problema en la rodilla por una paralítica y me tocó elegir. A mí siempre me gustó el fútbol. El taekwondo era un hobby... La que empezó fue mi hermana. Un día la fui a ver entrenar y la seguí. El tema es que antes me gustaba pelear. En el colegio me peleaba todos los días porque me cargaban con el pelo... El taekwondo me calmaba, me sacaba la bronca. Desde ahí nunca más me peleé.

Tenías un temperamento fuerte. ¿Lo pudiste corregir o en la cancha todavía cuesta?
La conducta que te da el taekwondo es intachable. En la cancha me hicieron un montón de cosas. Por ejemplo, me acuerdo que en un partido en Santa Fe uno me agarró de la colita del pelo y después le tiré un caño...

¿Y en el colegio? ¿Cómo venís?
Bien, si no mis papás no me dejan jugar a la pelota. No me cuesta y me lo exigen. Si bien estoy enfocado en el fútbol, me gustaría estudiar abogacía cuando termine. También tuve que cambiarme de colegio dos veces y, si bien fue difícil, lo que tengo en mente es llegar a Primera. Me gusta tanto que en mi familia me dicen que afloje un poco cuando miro fútbol porque me va a explotar la cabeza.

Encaminado estás. No por nada sos el más chico de la Reserva...
(Sonríe) Estoy muy contento por esta posibilidad. Tengo en claro que hay que seguir y no darse por vencido nunca. Cuando subí, por ejemplo, no me puse nervioso. No soy de hacerlo. El fútbol es igual en Inferiores, Reserva o Primera: lo que cambia es la presión. Llegar a Primera es mi sueño máximo.