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Conocé a Mateo Santillán

El capitán de la Novena División, contó cómo fue la adaptación a las Juveniles desde Infantiles, con la pandemia mediante.

Los domingos a la mañana no son para levantarse tarde y tomar mates. Si bien el plan incluye al grupo familiar que abarca incluso a tíos y abuelos, en esos días la atención vira completamente hacia Mateo Santillán: el más chico de la familia debe ir al CEFFA o a cualquier otro predio que toque en la ocasión para representar a El Semillero del Mundo en los partidos de la categoría 2007, de la cual es orgulloso capitán.

Analía no sólo es la encargada de preparar el mate, sino también una cámara que usará durante los cruces para tener registro de las acciones de juego. Maximiliano, mientras tanto, chatea con sus compañeros de Carrefour para terminar de coordinar los horarios y asegurarse que podrá asistir al encuentro. Luego llegará el turno de reemplazar a algún compañero que lo haya cubierto, pero lo principal es ver a su hijo jugar a la pelota.

La pandemia truncó el plan familiar -al igual que a tantos otros- y Mateo ya no puede tener la compañía de su segundo equipo, en el que es de los más mimados. “Soy muy familiero. Valoro mucho pasar el tiempo con ellos, son un gran apoyo y siempre están pendientes de mí”, dice Santillán. Y una sonrisa se le escapa..

El volante central zurdo llegó al Bicho con apenas ocho años y sabe muy bien de esfuerzos: “Empecé jugando en Metro C -explica- para aprender de movimientos, espacios y pulir la técnica. Estuve un año y medio ahí hasta que me tuvieron confianza para jugar los últimos partidos del año en Metro A. Al año siguiente se formó la categoría en AFA, tuve la suerte de jugar los tres años y en los últimos dos fui elegido capitán”.

Eso no fue todo: día a día debía cumplir con una suerte de ritual para llegar hasta el CEFFA. “Con mi mamá nos tomábamos tres colectivos de ida y tres de vuelta”, agrega. Dos horas y a veces más de tráfico lo empujaban a salir corriendo del colegio, cambiarse en el auto de camino hasta la parada y luego abrir a las apuradas el tupper poco antes de llegar al Bajo Flores. Todo, por un sueño. Un sueño que acarició su papá, quien jugó en Almirante Brown hasta los 18. Y, si bien nadie se lo exigió, Mateo se convenció de que el fútbol es lo que quiere para su vida.

-¿Te hace correcciones? 
-Y, mi papá es de corregirme… Me marca algunas cosas. Mi mamá filmaba los partidos y los mirábamos en la tele en casa para buscar errores.

-¿Cuánto te ayuda el hecho de verte?
-Bastante, porque hay muchas cosas que me cuesta ver en la cancha. O, si mi papá me corregía algo y no lo entendía, con el video era más claro.

-¿Sentís que corregiste muchas cosas desde que empezaste?
-Sí, pude corregir bastante gracias a esto. Sin verlos me hubiera costado más. Hoy en día también tenemos videoanálisis en el club… Eso nos sirve un montón.

-Ahora el torneo está suspendido. ¿Cómo manejás las emociones
-Al principio todo fue alegría porque volvimos al CEFFA, entrenábamos con pelota y todos juntos. Empezamos el torneo ganando y estábamos ilusionados con los viajes, algo que nosotros como grupo disfrutamos mucho. Es triste que se haya suspendido, pero prefiero quedarme con el vaso medio lleno. Ojalá podamos volver a competir pronto.