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La Poesía del Tiempo

Estaciono la moto fuera de mi casa. Pongo la llave en la puerta y abro. Dentro está mi novia, que acaba de llegar hace unos minutos y está en pleno proceso de hacer unos canelones que dejarían satisfecho hasta a Carlos Facciola, aquel arquero del club en los años cincuenta al que apodaban “la vaca voladora” por sus más de 100 kilos. Dejo el casco y el bolso en el sofá al mismo tiempo que hablo:

- Hola, amor. ¿Cómo estás? ¿Y la hija?

Ella cambia su expresión: sonríe, igual que el habilidoso hace un enganche y deja por el piso a un defensor.

-Fijate que está haciendo en su pieza.

Le respondo con la cara pintada de extrañeza.

Avanzo, paso a paso, hasta la habitación.

-Hola, hij… ¡¿Qué estás haciendo?!

-Shhh… hola, papi. ¡¡¡Sorpresa!!! ¡Qué tengas un muy feliz cumpleaños!

Miro el quilombo en la pieza.

-¡Pero… si hoy no es mi cumpleaños!

-Te dije: Shhh… vení, sentate.

Me siento en la sillita que me ha dispuesto contra la pared. Entonces se para frente a mí, es la DT que me va a alentar antes de salir a la cancha:

-Papá, te olvidaste que hoy 15 de agosto y es tu cumpleaños –me dice con su voz de siete años- pero no importa, yo si me acordé… mirá.

Entonces veo que con sus manitas agarra la camiseta que tiene puesta: es la del bicho que usó en la B Nacional del 2004, la que no tiene publicidad en el pecho y que alguna vez supe usar, la que es suya ahora.

Es en ese momento que comprendo.

-Es el cumpleaños de Argentinos…

-Sí, papi. ¡115 años!

-Igual no entiendo... ¿qué es todo esto?

-Es fácil, papi. Nos vamos de paseo.

-¿Qué?

-Sí, tomá –me da una bolsita, la abro y tiene la flamante pilcha Umbro con la 10 de Batallini-. Dale, ponétela que se nos hace tarde y tenemos que volver antes de que esté la comida...

Decido seguirle el juego.

Una vez con la camiseta, ella se cuelga un morral y pide que le de la mano. Le hago caso y le doy la derecha; mete la que queda libre en el morral y oigo que hace ruido. Se prende una máquina.

-Hija… -intento decir desconcertado.

-Shhh… -El ruido se vuelve demasiado fuerte. La pieza se sacude y desaparecemos.

***

Aparecemos en uno de esos barrios viejos. Estoy desconsertadísimo.

-Papá, ¡son esos, son esos! –señala con su manita a un grupo de jóvenes que, entre ladrillos y andamios, están haciendo los cimientos de la gloria futura.

-…Asociación Atlética y Futbolística Argentinos Unidos de Villa Crespo… -se escucha entre el trabajo obrero.

-Hija, ¡¿me trajiste a 1904?! Ese nombre después se acortó a Asociación Atlética Argentinos Juniors.

- Sí, sí. Pero no tenemos mucho tiempo, nos vamos a la siguiente parada…

-…pará, hija, dejame sacar una fot… -ya es tarde, hacemos un nuevo salto en el tiempo.

***

Aparecemos al lado del banco local.

-…vaya, Diego, juegue como usted sabe. Y, si puede, tire un caño… -escucho. Con los ojos desorbitados miro a mi hija:

-Sí, papi, es él –y devuelvo la mirada a la cancha. El pibe de 15 para 16 como se decía en aquella época entra a la cancha, recibe la pelota y mete un caño. El corazón me late emborrachado de alegría y locura ante la inverosimilitud de todo lo que estoy presenciando.

-Voy a pedirle la camiseta…

-No, pa, no hay tiempo.

Y nos vamos.

***

Estamos entre una multitud que corre a los jugadores para abrazarlos y lloran. Por contagio, yo también lloro. Esto es el 84 y lo sé porque veo al Checho con su barba inconfundible. Y son saltos de campeones en el tiempo: Nacional 85, Libertadores 85, Ascenso 97 y nos detenemos en el 2010.

-¿Por qué paramos acá, hija?

-Acá si podés sacar fotos, pá.

-No entiendo, ¿por qué acá sí?

-Porque este día no lo pudiste disfrutar…

Y entonces me acuerdo: 16 de mayo de 2010. El día que salimos campeones de la mano del Bichi Borghi. Se me hace un nudo en la garganta.

-Hoy murió la abuela que no conociste.

-Sí… -la tristeza inunda su mirada. Quiere borrar un recuerdo agridulce. Ahí está el corazón de los niños que quieren alegrar a los adultos, de entre las muchas cosas que podría haber elegido para ver, decide traerme acá para que reconstruya un recuerdo marcado por el dolor de una perdida.

La abrazo.

-No hace falta, hija. Vos y el Bicho hacen que todo recuerdo se vuelva hermoso… ¿qué sigue?

-Oh… papá… y quien va a ser: ¡Riquelme!... y después, al futuro.

***

Volvemos al presente.

-Somos campeones, hija. ¡CAMPEONES!

-No, todavía no.

-Pero, pero.

-Shhh… no podes decir nada de lo que viste. Si no va a venir la poesía del tiempo y nos va a llevar a la cárcel.

Lo primero que pienso es “Somos campeones, de vuelta”; después me detengo en sus palabras “Poesía del tiempo”, pienso y sé que en realidad quiso decir “policía del tiempo”. Sin embargo no la corrijo. Es que una niña de siete años me ha llevado de paseo por un montón de lugares que hacen que el pecho se te hinche de orgullo, a través de 115 años, a ver los hitos del pasado que nos engrandecen y los del futuro que nos van a hacer aún más endemoniadamente locos de amor por el Bicho de La Paternal, el semillero del mundo, el tifón de Boyacá. El club que llevamos en la sangre hasta el cajón. Y le doy la razón:

“La historia del Bicho es Poesía del tiempo”


Autor: Gerardo van Junker