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El futbol elevado a su máxima expresión

El recuerdo de la mejor final intercontinental de todos los tiempos: Argentinos-Juventus.

Existe un axioma histórico que sostiene que a los procesos y los hechos determinantes, para poder comprenderlos, hay que estudiarlos una vez pasado determinado tiempo. Procesarlos, estudiarlos y, una vez eso se puede, comprenderlos. ¿Cuánto tiempo debería pasar en la cabeza de un niño de 11 años, hincha de un equipo de fútbol que por aquel entonces ganaba todo lo que jugaba y no dejaba de obtener títulos, para que pudiera comprender que aquella madrugada del 8 de diciembre de 1985 había sido testigo televisivo de lo que muchos sostienen como el partido de la historia en un duelo entre americanos y europeos?. Seguramente una vez consumada la derrota, lo que menos pensé fue en el cariz histórico y memorable de ese partido. Habíamos perdido, ¿qué más quedaba que eso? ¿No era que siempre ganábamos? Así operaba en mi cabeza el desenlace de ese inolvidable encuentro. Si desde que tenía uso de razón casi no hacíamos otra cosa que salir campeones. La idea de ser invencibles en lo futbolístico estaba muy marcada en mi mente. No alcanzó con la crónica de los noticieros del día siguiente, de los diarios, de la revista El Gráfico. El partido que nos ponía la corona de mejores del mundo se había perdido. Aunque dentro mío, muy dentro mío, era consciente que habíamos desplegado un fútbol increíble, que los rivales nos elogiaban y que cualquier hincha de fútbol nos reconocía como gran equipo.

No era común para un niño estar despierto hasta la madrugada de un sábado para esperar un partido. En mi casa, donde este deporte no era algo esencial en la vida de nadie más que en la mía, mucho no comprendieron qué se jugaba. Pero sabían que hacía dos meses que yo no dejaba de hablar de otra cosa. De los antecedentes, de que los últimos duelos entre los dos campeones de los continentes habían sido para los sudamericanos, que Independiente había ganado el año anterior, pero sobre todo que Argentinos era una máquina y que, más allá del rival, la posibilidad de lograr la victoria era grande. Por eso esa ansiedad de madrugada, con una transmisión de TV deficiente, una imagen borrosa, un sonido de fondo como si fuese un silbido, algo típico cuando se transmitían partidos de fútbol desde lugares tan remotos como Japón. “¿Por qué jugar tan lejos?” me pregunté varias veces durante la transmisión…

El comienzo de partido fue el fiel reflejo de lo que era Argentinos en esa época y lo que rezaba su himno. Fútbol y toque. Pero enfrente había otro equipo que pregonaba la misma impronta. La Juventus era una constelación de estrellas. Lo mejor de la Italia campeona del mundo en el 82 sin Paolo Rossi, pero con el mejor jugador de Francia (Platini), que le disputaba el trono de rey del mundo al Diego, y figuras como Laudrup, un danés que iba a romperla en México 86, entre otros. Y se notaba que el rival era bueno y mi sensación fue que iba a costar y mucho, porque más allá de un primer tiempo de estudio entre ambos equipos, cada vez que atacábamos era peligro de gol y cuando la pelota la tenían ellos era sufrir más de lo acostumbrado.

El gol de Ereros fue el primer síntoma que tuve de que las cosas empezaban a darse como de costumbre. El empate de la Juve, la evidencia de lo venía sintiendo desde el arranque del partido. El rival era bueno en serio. En la imagen está aquel golazo del Pepe Castro, que creo que fue uno de los más gritados en mi vida. Y el empate fue un nuevo desencanto, matizado con la milagrosa decisión del árbitro de anularle un golazo a Platini que hubiese sido el fin. El fútbol y toque brillaba en su esplendor, pero de los dos lados. El conjunto italiano hizo 22 pases antes de empatar el partido por segunda vez.

El alargue fue la muestra clara de la superioridad física de los europeos, algo que había leído en algún diario. Y la posibilidad de los penales, la esperanza de que Quique fuera otra vez el héroe, como en Asunción. Pero los nervios no cesaban. La Juve seguía tocando y yo no paraba de sufrir, aunque a esta altura sabía de lo difícil de la misión.

Con cabeza y corazón de niño, transcurrida la totalidad del partido tomé dimensión de la grandeza del rival y de lo cerca que estuvimos de ganarle, jugando de igual a igual y con nuestro sello futbolístico indeleble.

Mi corta experiencia como hincha me decía que quien arrancaba fallando un penal en la definición desde los 12 pasos iba a tener muy cuesta arriba esa serie. Eso sentí con el primer penal fallado por el Checho, esas cosas injustas que a veces tiene el fútbol de que justo él lo errara. Renació la esperanza cuando Vidallé (con unos pantalones largos inolvidables) atajo la masita que le tiró Laudrup, aunque inmediatamente después el Chivo Pavoni falló el suyo, y el sueño de repetir la gloria como en octubre contra el América de Cali quedó trunco.

La escena fue imposible de olvidar: apagar al instante que el partido se perdió. Correr a mi cama y acostarme boca abajo. Y pensar… que el Bichi ese día la rompió y que su destino de fútbol europeo era de corto plazo. Que jugando así podíamos volver a ser campeones locales y hasta de América. Que estuvimos a 8 minutos de la gloria eterna.

Que me importaba poco ser un gran subcampeón, cuando la historia dice que la copa la levantó el equipo italiano. Claro, eran las sensaciones de un niño de 11 años. Al día siguiente empezó el incesante desfile de reconocimientos: “dejaron bien alto al futbol, eh”, “che, ¡qué partidazo jugaron!”, “fuimos todos hinchas de ustedes”, algún desprevenido tiro un “sabía que jugaban bien, pero no tanto”…y cosas por el estilo.

El tiempo demostró que eso de que ser segundo no sirve es relativo. Que entramos en ese selecto lote de subcampeones merecedores del título junto a la Hungría de Puskas o la Holanda de Cruyff. Pero la sensación de tristeza prevaleció en aquel entonces. Y por encima de eso, el orgullo con la demostración de fútbol que acababa de dar Argentinos. Dicen que hay momentos donde un equipo tiene que demostrar su grandeza. Más allá del resultado, para el Bicho el momento fue el 8 de diciembre de 1985. Y lo demostró, vaya si lo hizo.


Autor: Hernán Gourdy